¿Te acuerdas, Chucho?

El Financiero | Mauricio de María y Campos

Despidiendo a Jesús Silva Herzog.

Querido Chucho:

Aquí tristeando, recordando tu partida definitiva, tu lucha y pasión por hacer de México un país más grande y más justo, siempre con la mira muy alta, tu honestidad a prueba de fuego, tu gran sentido de humor, tu terca resistencia nacionalista a que esta nación perdiera su alma en medio de la globalidad.
El domingo pasado me llamó nuestro amigo común, Francisco Suárez Dávila, para avisarme que estaban pasando en Canal 11 una estupenda entrevista que diste a Ezra Shabot en 2010 y que no habíamos visto.

Fue en una etapa serena de tu vida, libre de ambiciones políticas, con tu mente muy clara y una fina ironía, rememorando los momentos difíciles y exitosos de tus negociaciones de la deuda externa en 1982-84, pero también tu rabia por la absurda extranjerización de la banca.

Cómo gocé esa entrevista que espero retransmitan varias veces para gusto de amigos nostálgicos, pero también para inspiración de futuras generaciones en esta hora de incertidumbre nacional, corrupción e impunidad y ataques impúdicos de Trump a nuestra soberanía y dignidad.

¿Te acuerdas, Chucho, de cuando nos conocimos en la UNAM? Probablemente no. Yo, recién graduado en Inglaterra, trabajaba en Banco de Comercio, aspirando a ser funcionario público tan pronto terminara el gobierno de Díaz Ordaz. En el seminario de economía internacional, donde coincidimos, yo asistía a Eugenio Anguiano, a quien Echeverría designaría primer embajador de México en China. Tú eras ya profesor y funcionario distinguido de Banco de México; un año más tarde te convertirías en director general, fundador del Infonavit. Desde entonces me impresionó tu inteligencia, elocuencia y bonhomía.

Nos encontramos una que otra vez en Los Pinos en la era Echeverría. Recuerdo el enojo de Fidel Velázquez y el regaño del presidente cuando decidiste recurrir a los sorteos en la asignación de casas a los trabajadores, rompiendo el privilegio sindical. “A veces no queda otra que afectar grandes intereses en beneficio de la nación; pero hay que hacerlo con cuidado”, nos dijiste a un grupo de economistas. Como director de Inversiones Extranjeras, asimilé tu mensaje.

¿Te acuerdas, Chucho, de nuestras aventuras y desventuras en la época de López Portillo, cuando visitamos La Habana para pagar una deuda privada derivada de la devaluación de Echeverría? Te quedaste con Sergio García Ramírez una noche en vela ‘fumando espera’ a Fidel, quien nunca llegó, mientras tus ‘achichincles’ deleitábamos el ojo, bebiendo mojitos en el Tropicana. “El precio de ser subsecretario”, nos dijiste con envidia de la buena a la mañana siguiente.

Siempre tendré presente nuestro viaje a China y Asia emergente en julio de 1981. Llegamos a Tokio en la cúspide petrolera de México, asediados por banqueros deseosos de otorgarnos créditos y luego a Beijing, alabados por Gu Mu -entonces vice primer ministro-, por el milagro mexicano de cuatro décadas, pero advertidos de que China alcanzaría en 30 años el PIB de Estados Unidos -meta que se cumpliría con ‘puntualidad asiática’-, como destacaste después a Gustavo Mohar. La misión financiera concluiría tres semanas más tarde, con una maleta llena de lecciones tardías de crecimiento asiático y el sorpresivo anuncio de la fatídica caída de los precios del petróleo, asediados por los mismos banqueros, interesados ahora en cobrar sus créditos a la brevedad posible. “Una vuelta de 180 grados en tres semanas”, exclamaste.

¿Te acuerdas, Chucho, de las veces que nos reunimos cuando eras secretario de Hacienda en el último semestre de López Portillo, y luego durante la campaña y la presidencia de Miguel de la Madrid para discutir con tus amigos -Francisco Suarez Dávila, Guillermo Prieto, Antonio Enríquez Savignac- cómo enfrentar la deuda externa y las presiones de los vecinos del norte con dignidad? ¿Cómo recuperar el crecimiento sin menguar el bienestar social?

Nos impresionaba tu carisma, tu aparente tranquilidad ante la crisis, tu capacidad de admitir sacrificios inevitables después de los excesos; en pausadas entrevistas en televisión con tu pipa, que sustituyó al cigarro porque cada vez que se apagaba te detenías para volverla a prender, dándote tiempo para contestar preguntas difíciles. Y tu rapidez para subirte en la moto de tu escolta, en medio del tráfico y llegar a tiempo a una cita en Los Pinos.

Siempre recordaré tu salida de la Secretaria de Hacienda tras de tus largas diferencias con Carlos Salinas. Nos habías platicado de las veces que habías amenazado con renunciar, seguro de que la vieja amistad con De la Madrid aguantaría cualquier embate, hasta que el presidente te la aceptó. Te acompañamos en tu pena. Fue la de toda una generación que nunca pudo recuperarse.

¿Qué hubiera sido de México si tú hubieras sido el sucesor de Miguel de la Madrid? Nunca lo sabremos. En política los subjuntivos no están invitados, aunque tus amigos nunca dejamos de especular. Eras gran candidato a presidente, mejor que a jefe de Gobierno del Distrito Federal, proceso en el que te acompañamos y vimos padecer tu insuficiencia de recursos y tu derrota al lado de otro entrañable amigo y gran funcionario público, Francisco Labastida.

Me quedo con maravillosos recuerdos de nuestra amistad: unas vacaciones de Semana Santa en Sevilla con Hilde, cuando eras embajador en España y yo dirigía la ONUDI en Viena; encuentros en Washington cuando defendías brillantemente el interés nacional como embajador; tardes-noches en tu casa comiendo tortas con un buen vino; en la mía o la de amigos comunes, jugando dominó, recordando buenos tiempos y horas difíciles, pero siempre esperanzados de un México que rescatará sus grandes valores nacionales en el mundo y el servicio público honrado y nacionalista que tu predicaste con el ejemplo.

No olvidaré tu sentido de humor cuando fuiste atrapado con fines ejemplares por el alcoholímetro y declaraste como ocupación la RENATA (la Reserva Nacional de Talentos), obligada por tu desempleo, no tu desocupación. Tampoco que mi cocinera, cuando supo de tu muerte, le dijo a mi esposa: “¿Que se nos fue nuestro amigo Chucho?”.

Siempre celebraste sus mancha-manteles y sus dulces de mamey. Ella nunca olvidará tu sencillez, no obstante tu fama de vanidoso.

Fuimos tus amigos -10 años más, 10 años menos- una generación idealista, privilegiada en educación -egresados casi todos de la UNAM y de posgrados en universidades inglesas o americanas-. Creíamos en nuestro país y deseábamos un futuro social-demócrata de progreso para todos, no para unos cuantos privilegiados o corruptos por el poder y el dinero.

Seguimos reuniéndonos, no obstante tu lamentable accidente hace tres años, para reflexionar sobre los problemas del presente y explorar soluciones futuras -distintas de las predominantes neoliberales- en tu casa o en centros de pensamiento estratégico como el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo de la UNAM o el Centro Tepoztlán.

¿Te acordarás, Chucho, de nosotros desde tu nube marina -como añoraba tu hijo el lunes pasado en Reforma-? Tus amigos y compañeros de trabajo continuaremos nuestra aventura mientras sigamos en este mundo. Esperamos también rescatar tu espíritu crítico, tu sonrisa optimista y tu afán constructivo para futuras generaciones de mexicanos.

Para salir adelante, México necesita ¡muchos Chuchos! Fuente[…]

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