Donald Trump, una agenda económica de seguridad nacional

La Silla Rota | José Luis de la Cruz #Opinión.

La presidencia de Donald Trump es un tema de seguridad nacional para México que no se ha tratado en su justa dimensión.

Más allá del carácter personal del próximo presidente de Estados Unidos, lo que a nuestro país le debe interesar es el cambio de modelo económico que ello implicará.

Durante 30 años México aceptó abrir su economía a cambio de inversión norteamericana, se dejó a un lado la política de fomento económico para nuestras empresas a cambio de la promesa de que los flujos financieros externos serían una fuente de crecimiento y desarrollo.

Por tres décadas México se especializó en volverse atractivo al exterior aun a cambio de afectar los motores productivos nacionales. No dudó competir en condiciones desiguales a nuestras empresas frente a las trasnacionales que llegaron al país. El argumento esgrimido fue que el mercado decidió quienes tenían que sobrevivir.

Así México ha asumido como propio el avance del sector automotriz, el aeronáutico, el de la computación, de la electrónica, por citar algunos ejemplos. Sin importar que la mayoría son marcas extranjeras. Se presume que nos ubicamos como líderes exportadores de pantallas planas o automóviles, aunque el contenido nacional de estos productos sea mínimo y que las patentes asociadas sean de empresas norteamericanas, japonesas, coreanas, alemanas, chinas por citar las más relevantes.

La aplicación de la política de apertura ortodoxa fue una salida fácil para quienes originalmente construyeron la arquitectura de política económica que nos rige hasta hoy. En lugar de elaborar complejos planes de desarrollo regional y sectorial que hicieran sinergia con los objetivos nacionales en un mundo que se estaba integrando, se optó por convertirse en un facilitador de inversiones foráneas.

La fórmula empleada tuvo tres errores: no se crearon encadenamientos con las empresas mexicanas, por eso hoy somos una potencia maquiladora de bajo valor agregado; tampoco se otorgaron las mismas oportunidades a las empresas industriales de México y más relevante en estos momentos: no se previó que la política economía norteamericana diera un viraje, hoy quieren parte de sus inversiones y empresas de vuelta.

Esto último es un tema de seguridad nacional para una economía que quemó sus barcos ante el canto de las sirenas de la globalización ortodoxa. El error fue propio. A diferencia de las naciones asiáticas que han aprovechado la integración global para fortalecer a sus empresas, en México sólo se vio la parte comercial, exportar importaciones y no lo hecho en nuestro país con insumos propios y con innovación nacional que conviviera y compitiera con lo elaborado en otras naciones.

La tregua con el compromiso de generar fuentes endógenas de crecimiento ha terminado, y no se aprovechó correctamente. El modelo económico cambiará como llegó, desde afuera.

El argumento esgrimido por las dos últimas administraciones de que las crisis vienen “de afuera” no se percató de que eran las advertencias globales de un cambio en la estructura del modelo económico que se ha estado gestando a nivel internacional. Gran Bretaña, Estados Unidos, Austria, España, Italia, Francia, Grecia y Brasil son una muestra de que su población está inconforme con los resultados del modelo de globalización.

Trump utiliza dos estrategias que son muy claras para atraer a sus empresas a suelo norteamericano. Promete facilidades para quienes acepten o altos impuestos para quien se niegue. Muy simple pero igualmente muy contundente. Además no se debe soslayar que el propio Barack Obama lo intentó hacer de una manera más diplomática pero que no resultó del todo exitosa. El común denominador es que ambos desean que las manufacturas vuelvan a Estados Unidos porque conocen que el empleo, la innovación tecnológica y el crecimiento depende de ello.

En contra tienen los intereses de las propias empresas transnacionales norteamericanas, los mayores costos laborales, la competencia de China y otros países asiáticos, los acuerdos comerciales firmados y la propia estructura política de su nación. Sin embargo, Trump apuesta todo para iniciar el proceso en México, seguramente porque considera que es más fácil obtener un avance con nostros que frente al verdadero competidor de ambas naciones, China.

El cambio para México no es algo menor, su modelo económico, desarrollo de infraestructura, financiamiento, vínculos comerciales y laborales se volcaron a satisfacer la relación con Estados Unidos. La propia arquitectura legal se ha subordinado al TLCAN en materia de política económica. Hoy no se puede tocar ni con el pétalo de una rosa de contenido nacional a cualquier programa de gobierno ante el temor de ser denunciados ante la OMC o el propio TLCAN.

Si Trump logra cambiar el TLCAN, o peor aun lo revierte, México deberá enfrentar el costo del cambio estructural. Con una menor inversión de Estados Unidos habría menos crecimiento y se perdería la fuerza que hoy se tiene en algunos sectores de las manufacturas.

Se debera pasar de un modelo de fomento a las empresas extranjeras a uno de impulso a las nacionales. La opción a tomar radica en fortalecer el mercado interno, pero no con base en importaciones baratas por la manipulación del tipo de cambio o los subsidios de otros gobiernos.

El fortalecimiento real debe lograrse por medio de una reestructuración del sistema productivo, con empresas nacionales más fuertes en donde el sector energético, el financiamiento, la infraestructura y la seguridad pública estén enfocados al desarrollo interno del país. Ni es negar la globalización, simplemente es ponerla en función de los objetivos nacionales.

En el corto plazo no habrá muchas opciones, la Unión Europea enfrentará su propia reconstrucción, China tiene su agenda nacional y América Latina tiene oportunidades restringidas. El tiempo de construir un modelo económico propio llegó. Fuente […]

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