Oropeza: La responsabilidad del porvenir

Reforma | #Opinión Arturo Oropeza García

Cd. de México (30 octubre 2016).- En México, el siglo XXI no ha iniciado. Sus atrasos, sus vicios, pero sobre todo sus mitos no renovados, lo mantienen anclado en un tiempo de no progreso en perjuicio de su desarrollo, de la calidad de vida en la que habita y de su futuro.

La mayoría de su clase política, carente de la sensibilidad para entender el tiempo que enfrenta y ávida de bienes y riquezas ilícitas, ha evitado que el país se introduzca con éxito en la ruta de un siglo de difícil diagnóstico que no está resultando fácil para ningún país del mundo.

En la siempre difícil evaluación de un diagnóstico objetivo, la visión de lo optimista o lo pesimista desaparece ante la seriedad de lo que se vive; pero sobre todo de lo que se adivina que viene a través de las señales cotidianas del quebranto, las cuales no dejan espacio para permanecer más tiempo en el debate eufemístico de qué tan mal o qué tan bien está el país, dando sólo lugar a la toma de conciencia que pueda evitar el colapso, cualquiera que sea su naturaleza, ya sea política, económica o social o todas ellas juntas, ya que la omisión ha dado lugar a la acumulación de un desgaste que amenaza desbordarse por todos lados.

El colapso que ya se adelantó en términos de vida, seguridad, economía o la protección social de millones de mexicanos, además de ser una prueba clara de la difícil situación por la que atraviesa el país, sirve también de fundamento ético para condenar tanto al argumento del diferimiento, como la falta de compromiso de las voces que a través de un falso optimismo sobre la situación que guarda la nación, retrasan o evitan la toma de definiciones que apunten a la solución de fondo del problema, ya sea para evitar más derramamiento de sangre, pérdida de vidas, falta de crecimiento económico o aumento de la desigualdad.

¿En dónde estamos?

Salvo para el 5 por ciento o 10 por ciento del país, la situación de inseguridad y quebranto económico provoca un profundo sentimiento de insatisfacción.

Diferentes encuestas o mediciones muestran un país dolido, cansado de esperar, que ve su retrato nacional todos los días en las ocho columnas de los periódicos y en las emisiones de los noticiarios y no le gusta lo que ve y, en no pocas ocasiones, le aterra.

Que observa impactado una realidad, que ahora le cuesta trabajo saber cuándo inicio y de qué manera se fue acumulando, pero sobre todo, que no sabe cómo solucionar ni cuándo va a acabar.

Que en el terreno político, sus avances progresivos de finales de siglo fueron burlados por una clase política multipartidista que falló en su compromiso histórico de transformar la alternativa del país en un relanzamiento de un proyecto nacional con visión de futuro, la cual aprovechara la conducción política para dotar de sentido a una sociedad milenaria que se sostiene en los méritos de su pasado, pero que se quiebra en el fracaso de la administración de su presente y se hunde ante los signos de su futuro.

La crisis política, ensimismada en su corrupción y ausencia de proyecto de largo plazo, ha provocado un relajamiento generalizado de todos los actores integrantes del Estado, poniendo en riesgo la realidad del mismo a través del avance gradual de un Estado fallido que ya se evidencia en múltiples municipios, estados y regiones del país.

Encerrada dentro de las rejas de su privilegio, la clase política se perpetúa en un presente que le es propicio, olvidando su compromiso histórico y su función principal de ser motor del cambio y del futuro del país. Su comportamiento se ha convertido en el principal obstáculo para el desarrollo y el progreso. A pesar de ello, de la política tendrá que salir la solución de futuro que demanda una apremiante realidad.

No sólo lo concupiscente explica el fracaso de la acción política. Su fidelidad a los mitos políticos del siglo pasado y su olvido de la naturaleza humana la han llevado a la promoción y a la defensa de instituciones débiles sin eficacia, onerosas para la vida nacional, que una y otra vez son burladas por un zoon politikón y un homo rapiens (Gray) que se ha apoderado de una oferta política que no se atreve a la revisión de sus mitos.

A más estructura más poder y puestos a repartir. A más autonomía política más privilegios y presupuesto sin compromisos. El institucionalismo geométrico como la propuesta de solución principal de un dogma político que se aprendió en el siglo pasado y del cual se niega su revisión estructural a pesar de la falta de resultados, no sólo en la vida política, sino también en el no crecimiento económico y el desgaste social. A la inoperancia institucional se le ha impuesto más institucionalidad y si no funciona la política peor para ella.

Los mitos políticos del siglo pasado fueron heredados a su vez de creencias que se transformaron a fuerza de realidad. La nueva institucionalidad política con toda su fuerza y dignidad, en su exuberancia, se olvidó que nacía de y para una humanidad imperfecta que requiere que sus nuevos dogmas la eleven sin olvidar su naturaleza primigenia. Que la mejora humana no es acumulativa y por el contrario, se pierde con facilidad. “la vida humana puede volverse más salvaje e irracional incluso al tiempo que se aceleran los avances científicos” (John Gray, Contra el progreso y otras ilusiones, Paidós, 2016).

La fascinación por el dogma político, escalable al infinito, intocable. Su divorcio con la realidad del objeto de su creación que es la naturaleza humana, preñados ambos de una corrupción sistémica, tienen secuestrada a la solución política del siglo XXI, causando un enorme daño a la vida nacional.

La vida económica del país, en su propio laberinto, rinde también culto a su mito del siglo XX, al mercado, al cual lo designó como hacedor de su destino y que al igual que la mitología política le niega la oportunidad del ejercicio de su revisión, no obstante el fracaso económico de la nación por más de 30 años.

La relatoría numérica de la insatisfacción económica nos desborda por todas partes. Su fracaso colectivo es axiomático. A veces nos remiten al consuelo comparativo de lo que está peor, omitiendo la referencia con economías similares que en las mismas tres décadas, como las naciones asiáticas que, usando otras estrategias, han convertido su trabajo económico en un éxito social irrefutable.

Al igual que la política, si el dogma económico no da los resultados requeridos, peor para la economía. La estrategia económica derivada del mito no es revisable, a pesar de que los paradigmas y el desarrollo de un nuevo siglo impelen al análisis integral de un proyecto económico del país que le permita abatir sus rezagos y lo potencien hacia el crecimiento económico de mediados del siglo XXI, el cual estará monopolizado por el sector de los servicios de la ciencia y la tecnología.

Cuando otros países con pies más ligeros y fundamentalismos menos ortodoxos, de manera pragmática se enfilan a las primeras posiciones del desarrollo, conscientes de la atipicidad del crecimiento económico de una nueva época, la responsabilidad económica y política de país se niegan, por dogma y corrupción, a arriesgar cambios más audaces acordes a una renovada manera de generar riqueza, desarrollo e igualdad.

La corrupción económica se hermana con la política y la defensa de la no revisión de ambas a través del anclaje en dogmas rebasados, evitan que el país pueda trabajar en los bártulos de su porvenir, congelado en un presente inagotable de miedo e insatisfacción.

Las reformas políticas y económicas implementadas hasta el día de hoy, como se demuestra fehacientemente a través de todos los signos y estadísticas disponibles, no han podido ser la solución integral que el país necesita para salir del atraso. Al contrario, muchas de ellas son causa y obstáculo para salir del mismo.

En este largo debate entre presente y futuro, entre lo que funciona y no funciona, el catastrofismo no resulta un buen punto de partida. Existen activos históricos, políticos, económicos y sociales que bien pueden ser utilizados en el relanzamiento de un proyecto nacional. Sin embargo, tampoco resulta útil la relatoría de la defensa del interés o del dogma enarbolado por los actores relevantes establecidos, ya que evitan el desarrollo nacional con enorme irresponsabilidad y cinismo.

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El tiempo del debate se acaba, porque después de más de 30 años de no aprovechar los activos del desarrollo nacional, junto con el tiempo se han agotado la paciencia y las plusvalías que han sostenido esta larga etapa del no desarrollo y corrupción.

La irritación social derivada de los altos niveles de pobreza, y transformada en quebranto civilizatorio y delincuencia multiplicada, dificulta cada vez más la puesta en marcha de una estrategia atinada cuyos resultados no serán fáciles ni rápidos. La duda, la incapacidad, la solución parcial del problema tampoco ya serán operables, su tiempo ha pasado y solo una solución integral podrá evitar un caos político, económico o social que dejaría al país muy lastimado y carente de una opción real de futuro.

De ahí la enorme importancia de la corrección del rumbo del país. Fuente […]

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El autor es investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Fragmento de la introducción del libro ‘La Responsabilidad del Porvenir’ integrado con textos de diversos especialistas. La obra será presentada del 14 al 18 de noviembre con participantes del COLMEX, CIDE y UNAM. / idic.mx.

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